Pancracia

Cuando salí al patio, esa mañana, ya se había metido en su pequeña piscina con el agua sucia del día anterior.  Pensando que no habría ninguna reacción de su parte y que tendría que sacarla con mis manos, le dije, Pancracia, ¿cómo no me esperaste? ¿no ves que el agua está muy sucia?  Salite, salite, que voy a ponerte agua limpia y comida.

Dí una pequeña media vuelta para buscar la manguera y cuando volví a ver, ella estaba saliéndose de la piscina, moviendo muy digna su cabecita, para dejarme a mí tirarle el agua, lavarle rápidamente su espacio, ponerle agua nueva y colocar su alimento: pedacitos de papaya con trocitos de su comida especial.

Fue casi un milagro, maravilloso.   Ya tenía sospechas que ella entendía pero ahora me quedó claro.   ¡Qué gran alegría puede dar una tortuga!.

Dos primeros aguaceros

Estaba en el aula de clases de la Universidad, el martes pasado, y celebré con los estudiantes el primer aguacero de la temporada, mientras en el patio de invierno de mi casa se derrumbaban casi 4 paneles del cielo raso.  Al llegar me dí cuenta.   Las láminas de gymsum, esponjadas de agua y troceadas del golpetazo de la caída, se amontonaban junto a la puerta de la cocina dificultando ser abierta.  Ja, me dije, ¡no es un día para más carreras!.  Examiné todo con curiosidad y displicencia de gata.

Hoy, con el ambiente húmedo y fresquito, la agenda del día está trazada sin mayores espectáculos.  Estoy rara, como queriendo quedarme quieta, como necesitando paz, como agradeciendo, sin porqués, la vida que me tocó, como queriendo amarme, abrazarme, perdonarme, reírme.  ¡Y tampoco voy a correr!.

Sigue leyendo