Murió Umberto Eco este viernes pasado, el 19 de febrero. Su nombre ha estado presente en mi vida de una manera rara, y cargo con la frustración de no haberlo leído. El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault, literalmente, se me cayeron de las manos, no logré entender su erudición y mucho menos fluir un poquito a través de su estilo, tampoco saqué tiempo para ir buscando referencias que me ayudaran a comprenderlo. Sin embargo, indudablemente, es un autor querido. Quizá fueron unas entrevistas televisadas sobre El cementerio de Praga y otra sobre El vértigo de las listas, las que me acercaron más a él.
Dos muertos queridos
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