Con el paso milenario de los propio y de lo ajeno, puntualita como antaño la lluvia volvió temprano. Taconcitos de madera lucen sus pies remojados y chasquean sus gotitas un sudor muy bien ganado. Urbana y occidental amo a una gota de agua debajo de mi paraguas, sin saber que ella es el mar donde me podré ahogar.
Gota de agua
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Con el paso milenario
de los propio y de lo ajeno,
puntualita como antaño
la lluvia volvió temprano.
Taconcitos de madera
lucen sus pies remojados
y chasquean sus gotitas
un sudor muy bien ganado.
Urbana y occidental
amo a una gota de agua
debajo de mi paraguas,
sin saber que ella es el mar
donde me podré ahogar.
Conocimos la vida con los ojos del tacto el día en que nacimos. Y luego la miramos al precisar sabores y miramos la flor en sus olores. Y la lluvia y el mar, el graznido del pájaro, el maullar de un gato: al oírlos les vemos y les pertenecemos. Así son los sentidos, un infinito cruce de caminos, un corazón complejo sensitivo, nudos articulados, vigías del camino, miradas encontradas sin nombres ni apellidos.