A una linda gallina que conocí en La Paz Centro
Con todo su cuerpo emplumado sería una gallina mediana de 1 o 2 libras de peso, pero apenas llegaba a los 30 centímetros de alto y las únicas plumas, disparejas y rojas sobre su piel traslúcida, las tenía alrededor de su rugoso pescuezo. Chiquiona, nalgolcita, coqueta. Eran elegantes cada uno de sus pasos en el predio mientras buscaba lombrices, gusanos o granos que comer; su estampa podría ser producto de una mutación que la hacía superior o inferior a las demás, daba igual, aunque su falta de pudor y su inocencia eran escandalosas: hasta el pulloncito del almizcle se le observaba completo.
Todo sonaba húmedo y espeso. Muchas lianas se movían a capricho del viento. Los ojoches, jaúles, robles y caobillas sacudían la humedad del rocío y una que otra enredadera, cruzada en su camino, alimentaba musgos y bromelias dormidas. No estaban las ardillas ni los chichiltotes, pero se presentían. Una rana saltó y otra también, la libélula voló en un santiamén, ambas hacia ese gran destino de su charco y su vida. Era un blues que llegaba hasta ella desde sus verdes, rojos, locos, amarillos, blancos y cafeces cuerpos.