La Charitín

A una linda gallina que conocí en La Paz Centro

Con todo su cuerpo emplumado sería una gallina mediana de 1 o 2 libras de peso, pero apenas llegaba a los 30 centímetros de alto y las únicas plumas, disparejas y rojas sobre su piel traslúcida, las tenía alrededor de su rugoso pescuezo. Chiquiona, nalgolcita, coqueta.  Eran elegantes cada uno de sus pasos en el predio mientras buscaba lombrices, gusanos o granos que comer;  su estampa podría ser producto de una mutación que la hacía superior o inferior a las demás, daba igual, aunque su falta de pudor y su inocencia eran escandalosas: hasta el pulloncito del almizcle se le observaba completo.

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Las guerreadoras de «las ínsulas extrañas»

guerreadoras

Cuenta Ernesto Cardenal, en Las ínsulas extrañas de unas hormigas que en Solentiname las llaman las guerreadoras.   Fue en los primeros meses de la construcción de la fundación de Solentiname, allá en los años 60.  Aparecían, en la casa de la comunidad, esas hormigas negras y picudas en tremendos grupos compactos y entonces buscaban cómo matarlas con insecticidas, kerosene, lo que fuera, porque también picaban duro.   Hasta que los campesinos les dijeron que las dejaran pasar, que esas hormigas hacían mucho bien porque barrían todo a su paso.

Efectivamente, se dieron cuenta que venía la marabunta, que así también les decían, cuando empezaban a salir de sus rincones las arañas pica-caballos, las culebras, los alacranes, las cucarachas, las ratas, que todas las alimañas huían al presentir su paso y las que no lo hacían, pues eran devoradas.

Despues la casa de madera y piso de tierra quedaba reluciente y fresca y la comunidad comprendió que las guerreadoras eran una bendición.