Nijmegen me regaló un reencuentro con el árbol de navidad que decoraba mi madre en Chinandega, allá por los sesenta. Contrario a los pinos de plástico que iluminaban en el resto del vecindario, ella lo hacía de ramas recogidas del campo seco de esa ciudad caliente de la que muchas veces me he quejado.
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Final feliz o del muerto que estaba vivo
Ese fue el discordante de una sucesión de días igualitos durante los 7 años de prisión que llevaban en la cárcel de Chinandega. Los dos estaban sentenciados a diez años de encierro por matar a un hombre en una cantina allá por San José del Obraje.
A esa altura, ya reos de confianza, merodeaban por el área de trabajo de la penitenciaría. Victorino, con una escoba de tusa, barría el hojarascal de todos los días que el abundante almendro no cesaba de soltar en el patio central de la cárcel. Chepito, en cuclillas, daba bromas a sus compañeros de infortunio entre risotadas sin pudor por los dientes que faltaban a la boca. Marcados por la aceptación de la voluntad de Dios eran bajitos, flacos y morenos, de un oscuro intemperie, un tanto azulado, un color del que sólo el sol de occidente es responsable.