Hace calor, qué tiempo loco, dijo y guardó su edredón de frío, el grueso decorado con pequeñas flores de jazmín. El fuerte sol de ese día le hizo suponer que calentaría la noche pero el calorcito no alcanzó hasta la hora de ir a dormirse y tuvo que volver a sacar su edredón de frío, el grueso decorado con pequeñas flores de jazmín.
El viento también está loco. Se imaginaba los vientos alisios como una manada de lobos y el que ella sentía enfriar su casa era uno, inmenso, que exhalaba ráfagas húmedas, por eso se refería en singular al viento, este viento que enloqueció en el mar desde antes de llegar. Oía su silbar ir y venir a la zumba marumba estremeciendo al limonero y haciendo cimbrar el techo de su casa.
Conocimos la vida con los ojos del tacto el día en que nacimos. Y luego la miramos al precisar sabores y miramos la flor en sus olores. Y la lluvia y el mar, el graznido del pájaro, el maullar de un gato: al oírlos les vemos y les pertenecemos. Así son los sentidos, un infinito cruce de caminos, un corazón complejo sensitivo, nudos articulados, vigías del camino, miradas encontradas sin nombres ni apellidos.