La niña, el héroe y el perrito

comiendoLa niña de mirada curiosa recibió un perrito de batería que le mandó su tía-abuela Car.   Al ser accionado, el perrito volteretea  en el suelo, rodando varias veces en 360 grados mientras mueve su cola y dibuja vórtices inaprensibles en el espacio que va ocupando.   A la niña todavía le asusta,  no sabe que es la representación de un travieso terrier  contento de vivir.  Podría también  ser la reencarnación del espíritu de Flush, aunque éste haya sido un spnail de orejas colgantes, jugando en los alrededores de la perrito111casita de campo donde vivía en Londres, con su querida ama miss Mitford, allá por mil ochocientos y tantos, en el cuento de Virginia Woolf. (España, Salvat, 1971).

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El sol que se esconde en Matagalpa

Nunca vi un crepúsculo tan rojo como ese cuando regresaba de Matagalpa hacia Managua.   Me conmocionan, desde que tengo uso de razón, los atardeceres.  Y ese fue espectacular.   Es ese diario y justo momento en que nazco y muero.  Entonces no sé quién soy y me abrazo.  Los atardeceres no se pueden poseer y tienen un modo de quedarse conmigo que me provoca un sentimiento de unidad, pérdida de conciencia o todo lo contrario, un instante de identidad con algo, vago y a la vez cognoscible como nube, pájaro, caracol, hijo, viento, árbol, libro, luz, pedacito de piedra, organización de mujeres, hoja, amante, playa, olla tiznada, incienso, beso, hija, madre, padre, multitud, abandono, esquina.  Una esquina cualquiera para mirar desde su vértice.  La vida.

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