Tímidas pinceladas de la Habana

No fui a la Habana para entender ni para juzgar. Ese proceso histórico-político-social-religioso y económico, en el que viven un poco más de dos millones de personas, requiere más que yo misma para eso.   Pero ante mi necesidad de hacer justicia a mis cortos pasos por el mundo, me surgen oraciones exclamativas, frases hímnicas, quizá perogrulladas que escribo, reiteradas ante el asombro y la admiración de lo que ví y el respeto que impone sus gentes dignas y sufridas, y su identidad de tremenda ciudad de casi 500 años, la última en ser fundada en Cuba.

Un paseo rápido bordeando el malecón no podía faltar, sólo para tomar contacto con esa ciudad y esa realidad que rápidamente se torna íntima.   Es ahí donde aprendí que, en la Habana, no sólo se disfruta el aire acondicionado de sus vehículos y hoteles, sino también el aire acondicioplado de sus calles que siempre traen la brisa del mar y, a falta de un bmw, terminamos llegando a la casa donde nos alojamos, en un bmdoplepie, porque todo puede faltar, menos el humor para burlarse de los azares del destino y convocar la creatividad para seguir viviendo y diciendo, ante cualquier dificultad, ¡ésto se resuelve!.

El proceso histórico de Cuba subyace en todo momento, me toca con cada persona que encuentro, todas con gestos surcados de las dudas del tiempo; me mima en sus grandes almendros, ocujes, ceibas, flamboyanes y robles de majestuosos follajes; me espera en las bancas de sus parques y el suave serpenteo de su malecón; me grita desde los balcones de sus casas neoclásicas, coloniales o barrocas, no importa, y desde las canciones rebeldes y bellas de su nueva trova; me acoge en las plazas, monumentos y murales de la Habana Vieja; me expulsa en el vaivén del turismo antojadizo y voraz que me encuentro en este viaje.

Ese viejo catedrático de la Universidad de la Habana, militante del partido, puso los acentos en las íes y, como testigo y actor de esa revolución de más de 50 años, habló de su visión, histórica y crítica, de las principales dificultades de ese proceso, único en el mundo. Nada ha sido fácil para Cuba ni para cada una de las personas que habitan la isla.   El bloqueo norteamericano es un condimento tóxico de la dieta cubana y ha obligado a decisiones políticas que han marcado rumbos, no siempre los mejores, con costos adicionales a la ya compleja cotidianidad.

Uno de los hechos históricos imborrables en la conciencia cubana y que el amigo nos ubica en su contexto, es lo que se llamó la Operación Peter Pan que tuvo lugar iniciando la década de los 60.   Cerca de 1500 niños y niñas fueron sacados de Cuba con el apoyo de Estados Unidos y de la Iglesia Católica cubana.   Para que sus madres y padres dieran este consentimiento, se había difundido la noticia que el gobierno revolucionario decretaba el fin de la unidad familiar y que, por lo tanto, los niños y niñas que nacieran serían educados y criados por el Estado.   Esto horrorizó a la sociedad y a las familias cubanas que, cuando la noticia se desmintió, era demasiado tarde.   Algunos pudieron reunirse posteriormente con sus hijos e hijas, tanto en Cuba como en Miami (que en el marco de esta acción era conocida como la tierra del nunca jamás) pero, muchos, corrieron otros rumbos, fueron adoptados por familias norteamericanas, se perdió su pista o quedaron simplemente aislados por el bloqueo y, a partir de los noventa, por las duras medidas que Cuba tuvo que afrontar posteriormente en el ya famoso periodo especial provocado por el colapso de la Unión Soviética y el recrudecimiento del bloqueo norteamericano.  Algunas personas dicen que este periodo no ha terminado.

Yo me quedo absorta.   Ninguna explicación compensa el sufrimiento humano que veo y el que presiento, el de entonces y el de ahora, el sufrimiento humano como presente.   Y, de pronto, me doy cuenta que no solamente estoy ante este viejo catedrático, sino que, mientras converso, están conmigo las miradas de cada una de las personas con las que me encontré monás llegando, sus palabras, sus quejas, sus abrazos, sus presencias sobrias con rostros, a veces, tostados de sol y surcados de lo que me parecieron sus incertidumbres y sus anhelos abiertos de par en par.

Amor, amor, buen motivo para dos, espero que te alcance y que te sobre la paciencia y el valor, canta un trovador habanero y anónimo.

En la Habana conocí una familia de la iglesia presbiteriana. Profesional el padre, Bertico, y ama de casa la madre, Idalí.   Elizabeth y Roberto son su hija e hijo, ambos en la Escuela. Ellos viven en una casa pequeña, cómoda y linda, allá por el municipio de Regla. Se me impone mencionar su hospitalidad, su alegría y ese contarnos al detalle la estrategia económica familiar: una crianza de conejos en la azotea.

La Habana es sol y, sobre todo, luz, luz de sol y luz de luna que se vierte como miel dulce en la tranquilidad de sus bulevares.   Es magnificencia de espacios públicos y monumentos patrimonios de la humanidad, desde 1987 que fueron declarados por la UNESCO, mezclados con pobreza urbana en una complicada vida cotidiana que igual combina el uso de tres monedas (dólares, pesos cubanos y pesos convertibles –CUC-), que la búsqueda de bienes de consumo básico entre el mercado oficial, el mercado permitido y el mercado negro.  ¿Con qué vara se mide el sufrimiento?.   Amor, amor, te propongo hacer camino e inventarnos ser felices sin remesas familiares ni marcharnos del país. Amor, amor, trasparencia de cristal, sudor del buen amante en moneda nacional, dice el mismo trovador.

La Habana son los negros y los blancos y los criollos y los mulatos y los todos y los nuestros y los suyos. La santería y las putas. Los timos de cuidadoso trabajo verbal y estudiado contenido histórico de algunos de sus habitantes, los grandes hoteles, catedrales y museos, los restoranes y los paladares.   Pero, desde el malecón, es sólo un inconmensurable mar, un trozo ingobernable del Caribe ocupado en su señorío y surcado, en el día, de lágrimas del horizonte allá a lo lejos y, cerquita, de carcajadas de espuma con brisas insulares.   Amores.   Y de embarcaciones fantasmales al anochecer. Y más amores.

Desde un viejo tractor soviético (no ruso, puntualiza el guía), convertido por la creatividad cubana en pequeño camión-safari me acerqué, en el Jardín Botánico, al bosque arcaico con la sombra del guabo y su colección de palmeras nativas, entre ellas la palma real, árbol nacional de Cuba, y la palmera botella que, con su cinturita y sus redondeces, desmentía los versos darianos que aseguran que las palmeras suspiran porque son mujeres, y siendo mujeres no tienen caderas….. Pero fue en la pradera africana donde, por fin, satisfice un anhelo que me rondaba desde mi infancia, cuando leí el principito del aviador y escritor francés Antoine de Saint-Exupéry (1900–1944): conocí tres pequeños baobabs de apenas 50 años de edad (a los 1000 años alcanzan su adultez, explica el guía).  Sus imágenes nobles y atávicas, desde ese momento, se jugarán conmigo este destino.  Luego fue el bosque japonés, y los pabellones de bosque tropical y de variedades de cactus, al final de un largo recorrido por sus 600 hectáreas donde se alojan más de 4000 especies vegetales porque, en Cuba, la vida y la muerte se expresan a lo grande, lo bello, lo sublime y lo triste, también.

En el Morro se trataba de admirar ese formidable complejo arquitectónico mandado a hacer por los reyes de España para defender a Cuba de los piratas y corsarios allá por el siglo xvi, ya cuando la Corona Española había tomado la decisión de hacer de la Habana la ciudad de concentración de las naves españolas que llegaban de las colonias americanas antes de iniciar la travesía del océano.   Para una centroamericana estas dimensiones son impresionantes.  El saqueo y el poder dejan huellas reconocibles por todas partes.

En Cuba la historia es algo más que la historia, yo la experimenté como un asombro multitudinario por mi cuerpo.   La Habana, una ciudad que me dió su amor. La Habana, sus gentes.  Y siempre el amor.

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