Maritza: una historia de fortaleza

mujer4Voy a escribir de mi amiga, Maritza, como si fuera un cuento.

Don Pedro  nació y murió en Tegucigalpa.  Fue un intelectual de alcurnia y había ejercido varios cargos diplomáticos y políticos dentro y fuera de Honduras.   Sin embargo este cuento lo encontró acabado, viejo, sin dinero, solo y enfermo.   Su antigua esposa vivía en Chile y sus dos hijos, diplomáticos como él, estaban lejos.    Se había comido, en sus buenos años, no solamente tres herencias, sino los suculentos estipendios derivados de sus funciones públicas.  Había sido mujeriego y seguramente por eso se quedó solo, decía  la gente.  Era el tipo de hombre que empezaba seduciendo a la madre y terminaba con la hija,  se involucraba con secretarias o administrativas mal puestas, casadas y solteras, con las esposas de sus amigos, con las amigas de sus amantes, en fin, era débil para el amor, un seductor implacable.   Maritza lo sabía porque todo Tegucigalpa lo sabía.

Al final de la vida, exactamente seis  años antes, sólo le quedaba una linda casa en la colonia Miraflores, un alto nivel de vida (es decir sin trabajar, no sabía, no podía) y una presencia honorable para ser, con relativa frecuencia, entrevistado por noticieros nacionales sobre sus glorias pasadas.  Y es que conocía la política regional, había ayudado a formular varios decretos de protección al medio ambiente en Costa Rica, tenía vínculos directos con Hugo Chávez y hasta fue mano derecha de Jacobo Arbenz.  O sea, siempre tenía algo que decir sobre esto y lo otro y aquello.  Algo que decir, aunque perdiera el contexto porque, por ejemplo, hablaba de fusilamientos cuando ya no habían fusilamientos en Honduras.

En esa circunstancia ofreció en alquiler barato, casi regalada, su casa de Miraflores a Maritza, viuda joven y pobre que deambulaba con su hija Maribel de 15 años.  Esa casa, la misma que olía a vejez y abandono,  armarios llenos de vestidos mohosos, tocadores con perfumes y cremas vencidas, alacenas con latas compradas hace décadas.  Podrición, basurales.   El se iría al departamentito del fondo, construido hace tiempo para un hijo que no estaba, le dijo.  Y así lo hizo.

Maritza pasó días lavando paredes, suelos, dormitorios, tirando basura para hacer habitable aquel lugar que sin duda tuvo un tiempo de gloria con su dueño.  Tenía la cabeza muy bien puesta y, en lugar de caer en trampas de seducción de viejo verde decidió apoyarlo y devolverle el favor de darle la casa barata, lavándole y planchándole la ropa, cocinándole, dándole los recados que le dejaran y estableciendo un relacionamiento  en un marco de nobleza y dignidad que sólo las mujeres pobres saben su etiología, conocen su fuerza, no sin advertirle que lo mataba si irrespetaba a su hija en algún sentido.     Claro que esto fue como anillo al dedo para don Pedro que salía con su guayabera blanca, nítida, hacia el canal 13 para ser entrevistado una mañana cualquiera y, como le quedaba inteligencia, comprendió que era ese el relacionamiento posible con la viuda y su hija.

Algunas  veces Maritza escuchó su llanto.  Lloraba de soledad, una soledad cruda que se lo estaba comiendo.  Desde su sencillez ella le decía, don Pedro, acá estamos nosotras, Maribel y yo le estamos muy agradecidas, usted no está solo, puede llamarnos si necesita algo de comer o algo de la farmacia de la esquina.

Pasaron los años.   Don Pedro amaneció muerto una mañana.  Maritza le cerró los ojos con reverencia y avisó a su mujer y a sus hijos.  Fue en el entierro que los hijos le pidieron que abandonara la casa, que necesitaban venderla rápido y volver a sus países.   No quisieron escuchar ninguna historia de los últimos años del padre, no preguntaron nada, no quisieron nada, sólo la casa.

Maritza se quedó perpleja.  Necesito tiempo para encontrar otra casa, les dijo, quizá un mes. No podemos esperar, dijeron ellos.  Cargó su perplejidad una vez más, lloró de angustia, se abrazó a su hija.  Recogió sus cosas, pidió posada donde una tía ciega que vivía en San Pedro Sula.

Su historia de dignidad, solidaridad, humanidad, trabajo y fortaleza la acompaña en su mirada y en su risa hasta el día de hoy. Me cubre en mis flaquezas.

Un pensamiento en “Maritza: una historia de fortaleza

  1. Lei este relato con la idea que al final todo iba a salir bien. El Viejo zorro iba dejarle la casa a la persona quien realmente lo nececitaba porque asi es como yo quisiera que el mundo fuera. La desilusion que me distes, jajajajaaa!!!! Me das la misma sensacion que los cuentos cortos de Anton Tjechov: el fin de la historia es la realidad, nada mas nada menos.
    Muy bueno escrito!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s