Miradas

Juan es un nombre amable y el guarda del barrio se llama Juan.   Muchos guardas se llaman así.  Cuida las casas de la calle N-0 donde ella vive.  Ese día que salió al garaje a regar sus plantas, tarde en la mañana de un día de cuarentena, Juan, sorpresivamente le dijo Buenos días señora, qué pesado está el sol, y ese pavimento –se refirió a la calle- pega en los ojos.  En ese instante cruzaron las miradas.  Eso fue todo porque lo que ella balbuceó no importa.

La mujer entendió de súbito que no era una frase suelta la que había escuchado, aunque Juan la dijo como si se le cayeran de la boca las palabras.   Era una frase amarrada a una vida, la vida de Juan, vida de guarda; era un hilo enrollado a su madeja que apenas se soltaba.  ¿Pero qué madeja? ¿podía hablar ella, aunque fuera un poquito de qué madeja se trataba? ¿O sólo se le agolpaban miradas? ¿Miradas de hombres y mujeres, personas trabajadoras maltratadas que había visto si acaso conocido a lo largo de su vida, en todos los caminos, en todas las ciudades, en todas las esquinas, en todos los abismos?

Fue una frase sí, pero fue así, como buscando sin buscar un eco, un oído receptivo, algún descanso.   Y pasó que terminó de regar las plantas del garaje, pasó también su imposible posibilidad de invitarlo a pasar a su casa a tomar un café (Juan es el otro, ella, la señora), pasó su figura de guarda, un tanto cansina, en la calle, detrás del portón que marcaba sus mundos, sus distancias.  Pasó también el sol, la vida entera pasaba en ese instante, una nube muy negra se presentó de pronto, vendrá la lluvia entonces, y el guarda sigue ahí.  En el sol, en la lluvia. Su búsqueda de guarda bien guardada.  ¿Existirá un futuro mejor para ese joven otro?

No era el sol, ni la lluvia lo que hizo que se estremeciera.   Era…. ¡qué tremendo decirse a sí misma lo que era, qué tremendo volver a los muertos insepultos de sus sueños soñados en el siglo pasado, qué tremendas sus lágrimas de furia, siempre tontas y tantas!, ¡tan sin nada más que verse a ellas mismas desoladas! ¡Qué tremendo no ser dueña del mundo ni tener una varita mágica para ofrecer a Juan alguna alternativa, una leve esperanza!

Nota:  Una palabra al azar…. del código genético, ahora es “miradas”.  Esto es el ejercicio 3 del Taller La palabra habitada dirigido por el escritor costarricense Rodrigo Soto.  Son tiempos de cuarentena por coronavirus.

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