De dioses y hombres

De dioses y hombres es una película testimonial dirigida por Xavier Beauvois que ví hace años en el teatro Laurence Olivier, en San José.

Se basa en un momento de la vida de unos monjes cistercienses en Argelia durante la guerra civil que azotó al país entre 1991 y 2002.  La historia se ubica entre 1993 y 1996, periodo en el que esa comunidad religiosa vivió en la región de los Montes de Atlas continuando la presencia de sus antecesores desde 30 o más años anteriores en ese mismo monasterio.   Siete de los nueve monjes son asesinados por un grupo de fundamentalistas islámicos y las circunstancias de sus muertes son hasta ahora un misterio.

Pero no es eso lo que quiero escribir.  La historia, estremecedora, se puede encontrar en internet y todo parece indicar que el film está ajustado a la realidad.

Yo estaba conmovida del amor.

La película, como pocas, me ha dejado felizmente inquieta por un testimonio que sin lugar a dudas puedo agregarle el adjetivo “de amor”.  Un testimonio de amor: a los demás, a la vida, a las personas distintas, a la humanidad.   Es un planteo profundo desde lo cotidiano de una comunidad religiosa de monjes franceses que rezan, cosechan, establecen lazos de amistad con la población, curan enfermos, se involucran en la vida cotidiana de la gente pobre…

El amor de los monjes transciende todo, es el hilo conductor del film; me colmó el corazón más allá de las consideraciones, que no tardaron en asaltarme, alrededor del desastre de los fundamentalismos, los horrores de las guerras y la tensión que las polarizaciones políticas significan para la gente común.

Sin proponérmelo también hilvané otra reflexión.  El amor y la paz, como ejercicios de la condición humana, son femeninos como la tierra que nos acoge, la madre que nos pare, las diosas que precedieron nuestra historia y viven míticamente en nuestros genes y, por eso, nos vulnerabilizan humanizándonos, nos llevan al abrazo como única posibilidad de encuentro propio en el marco de una historia que se construyó grosera e irrespetuosa.    Muy pronto, en el film, se transmite esta vulnerabilidad de la comunidad de religiosos, enorme como la ola de violencia que azota a toda la región del Magreb.  Los monjes no tienen más que el amor como propuesta, reacción o respuesta,  no pueden devolver al asesino miradas de asesinos, no pueden traicionar si optaron por la fidelidad a las personas del pueblo, no pueden dejar de amar porque ellos aman, no pueden contestar de otra manera que no sea con el servicio a las personas, con las entonaciones de sus plegarias y sus actitudes limpias, firmes y humildes.  Sentí femenina toda esa realidad, sin querer, sin explicación, me dije, el amor, el reconocimiento de la vulnerabilidad, la vulnerabilidad misma, la paz, el perdón, el servicio incondicional, se encuentren en hombres o en mujeres, son femeninos, pertenecen a esas coordenadas que perdimos y que los monjes buscaban construir y encontrar.

Otro sentimiento profundo fue de síntesis.  Los caminos no importan, cuando son auténticos confluyen en el amor.  Desde la religión, la ciencia, el activismo social, las distintas culturas, las personas asumimos procesos auténticos de construcción de un mundo mejor y también procesos impostores, patriarcales, violentos, imperialistas, guerreristas, destructivos.  No estamos para juzgar porqué las personas eligen los segundos porque nuestra vida no será  suficiente para profundizar en los primeros.

Termino citando la oración escrita por uno de los monjes presintiendo su inminente muerte:

“Si me sucediera un día -y podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que parece querer involucrar ahora a todos los extranjeros que viven en Argelia, desearía que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recordaran que mi vida estaba entregada a Dios y a este país. Que aceptaran que el único Señor de toda vida no podría permanecer ajeno a esta partida brutal. Que oraran por mí: ¿cómo podría ser hallado digno de tal ofrenda? Que supieran asociar esta muerte a tantas otras igualmente violentas, relegadas a la indiferencia del anonimato.

Llegado el momento, querría tener ese instante de lucidez que me permitiera solicitar el perdón de Dios y el de mis hermanos en la humanidad, y al mismo tiempo perdonar de todo corazón a quien me hubiera golpeado. No podría desear una muerte semejante. Me parece importante declararlo. De hecho, no veo cómo podría alegrarme de que este pueblo al que amo fuera acusado indistintamente de mi asesinato. Sería un precio demasiado alto para la que, tal vez, llamarán la «gracia del martirio» debérsela a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si dice actuar por fidelidad a lo que él cree que es el islam. Conozco el desprecio con el que se ha llegado a rodear a los argelinos globalmente considerados. Conozco igualmente las caricaturas del islam que alienta cierto islamismo. Es demasiado fácil tranquilizar la conciencia identificando esta vía religiosa con los integrismos de sus extremistas.

Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí: también para ti quiero este gracias y este «a-Dios» por ti previsto. Y que se nos conceda reencontrarnos, ladrones felices, en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío. Amén. Insh´allah.”

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