Su seno izquierdo era un conejito blanco asándose a fuego lento. Saltaba queriéndose salvar de inexplicables llamas, chillaba de un ardor desconocido.
Lo veía tan tierno, débil, herido. Le decía cosas lindas, suavecito, sin saber cómo sanarlo, ayudarlo, comprenderlo, apaciguarlo. Lo sostuvo por la parte de abajo, pero arriba, a la altura del corazón, era imposible, su conejito estaba tan sensitivo que no lograba ni rozarlo con un dedo.
A la niña que vive en la calle del mercado le dicen la comepepinos. Cuando, en brazos de la abuela, abre la puerta de la casa, lo primero que ve son las ventas de las mercaderas. Los colores verdes, amarillos, rojos, morados y blancos de las verduras frescas le llaman la atención. Se vuelca hacia el primer canasto de pepinos, toma uno. Tan rápido como puede la abuela corre a lavarlo y le explica eso del agua y el jabón, antes que ella se lo lleve a la boca y lo mordisquee con sus cuatro nuevecitos dientes de coneja.