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Acerca de la cualquiera

Poeta y bibliotecaria y, con frecuencia, viceversa

Al encuentro de las Tres Marías: Juana de Ibarbourou más allá del mito

¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen. / Rosas, rosas, rosas en mis dedos crecen. / Mi amante besome las manos, y en ellas, / ¡oh gracia! brotaron rosas como estrellas.

Mi gorda mamá recitaba esos versos hace casi 60 años en el escenario de aquella Casa de Tablas, mientras sus manos, lejos de florecer, se perdían en la profundidad de la pila donde se acumulaban los trastes sucios de cada día.  Ella alzaba su voz, diáfana.  Y un día sí y otro también, declamaba poemas y, entre ellos, éste.  Le ponía énfasis a las frases que encontraba más significativas que, en este poema, eran:  ¡Ah, pobre la gente que nunca comprende un milagro de éstos y que sólo entiende, / que no nacen rosas más que en los rosales / y que no hay más trigo que el de los trigales!.  Muy pequeña era yo y merodeaba por la pila de la cocina.  La escuchaba. Su voz me encantaba, me abrazaba. Tenía luz, color, armonía.  Me hacía sentir piedad por esa pobre gente sin entender quiénes eran o cuál era el milagro al que se referían los versos.  Mi madre explotaba con el final irreverente del poema, desaparecía ella y ya sólo era su voz llenando el espacio de la casa: Que me digan loca, que en celda me encierren, / que con siete llaves la puerta me cierren,  /  que junto a la puerta pongan un lebrel, / carcelero rudo, carcelero fiel.

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Atasco

Difícilmente podré contar ese atasco.

Yo había visto películas que satirizaban situaciones de embotellamientos de vehículos en los regresos de veraneantes a los centros urbanos de grandes ciudades como México, Madrid, Tokio. De ellos, los atascos, he vivido una versión sinóptica en Costa Rica en la carretera hacia Cartago y en la carretera hacia Heredia (dos horas en la primera y 1 hora en la segunda) y me habían parecido excesivos. Y no porque no ocurran más presas de vehículos en Costa Rica, sino porque a mí, en mis cotidianos trayectos, no me había pasado.

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