Este gajo de gentes

Este gajo de gentes 
que llamo mi familia,
resilientes migrantes
en este globo errante,
conserva un asidero
como okupas
en un rincón de mí.

Son gentes muy variadas
y valientes
si bien no las conozco a todas,
de vez en cuando lanzan
buzucasos de sangre
en ruta al corazón.

Hay ancianas y jóvenes,
salvajes y poetas,
maestras y artesanos,
alcohólicos, suicidas,
médicos y dentistas,
ingenieras aeronáuticas,
eternas niñas viejas
y muertos recordados
y vivos olvidados
sin que falten las guapas
y los guapos
y hasta los niños díscolos.

Como una nota al pie, explico:
no existe en este espectro
ladrones ni políticos
lo cual es una dicha.

Y todos nos movemos azorados,
buscándonos en otros,
sin tomarnos las manos,
inconexos los lazos
del abrazo
y latentes los vicios tan humanos
que nos traen noticias
a veces fastidiosas
y otras veces fatales,
oscuras, retorcidas,
que parecen un cuento
de finado Allan Poe.

Y somos un pueblo itinerante,
un grito suelto,
un puño de apellidos diversos
que, por los parajes que dejamos atrás,
nos sabemos una mansa parentela
que en delirantes éxodos
camina con recato por la tierra.

El niño especial de la ruta Moravia

en el bus de la mañana
sentado detrás mío
un niño con síndrome de down
gritaba !parada!
con su voz explayada
como baba que untaba en nosotros,
los pasajeros de la ruta
moravia

a su lado
una mujer reprendía:
¡ya,
cállese,
el chófer sabe,
falta mucho!

su tono era violento

el niño seguía
gritándonos ¡parada!
con su baba

todos volvían a verlo,
azorada la mujer presionaba
y a cada presión suya
venía otra ¡parada!
más inocente y brava

la parada no llegaba

no me volví para verlos,
así evitaba la congoja
de una mirada más a la señora
mientras contenía
esas ganas insólitas
de abrazar aquel niño
unir a su voz la mía
y hacer un coro de la ruta moravia
que sólo repitiera
¡parada, parada, parada!,
las veces que él quisiera
hasta que el bus parara