Este gajo de gentes que llamo mi familia, resilientes migrantes en este globo errante, conserva un asidero como okupas en un rincón de mí.
Son gentes muy variadas y valientes si bien no las conozco a todas, de vez en cuando lanzan buzucasos de sangre en ruta al corazón.
Hay ancianas y jóvenes, salvajes y poetas, maestras y artesanos, alcohólicos, suicidas, médicos y dentistas, ingenieras aeronáuticas, eternas niñas viejas y muertos recordados y vivos olvidados sin que falten las guapas y los guapos y hasta los niños díscolos.
Como una nota al pie, explico: no existe en este espectro ladrones ni políticos lo cual es una dicha.
Y todos nos movemos azorados, buscándonos en otros, sin tomarnos las manos, inconexos los lazos del abrazo y latentes los vicios tan humanos que nos traen noticias a veces fastidiosas y otras veces fatales, oscuras, retorcidas, que parecen un cuento de finado Allan Poe.
Y somos un pueblo itinerante, un grito suelto, un puño de apellidos diversos que, por los parajes que dejamos atrás, nos sabemos una mansa parentela que en delirantes éxodos camina con recato por la tierra.
en el bus de la mañana sentado detrás mío un niño con síndrome de down gritaba !parada! con su voz explayada como baba que untaba en nosotros, los pasajeros de la ruta moravia
a su lado una mujer reprendía: ¡ya, cállese, el chófer sabe, falta mucho!
su tono era violento
el niño seguía gritándonos ¡parada! con su baba
todos volvían a verlo, azorada la mujer presionaba y a cada presión suya venía otra ¡parada! más inocente y brava
la parada no llegaba
no me volví para verlos, así evitaba la congoja de una mirada más a la señora mientras contenía esas ganas insólitas de abrazar aquel niño unir a su voz la mía y hacer un coro de la ruta moravia que sólo repitiera ¡parada, parada, parada!, las veces que él quisiera hasta que el bus parara