La pequeña refugiada política

La familia Martínez Rocha nos desmembramos como una mandarina de ocho gajos que se cae de su árbol.  Otras culturas nos recibieron bien o mal pero, la verdad, nos dieron el cobijo que buscamos. México, Bélgica, Estados Unidos, Costa Rica, si bien no nos llamaron, nos hicieron guiños de bienvenida y ofrecieron un lugar con infinitos matices para conjugar los pocos verbos que importan: trabajar, amar, reir, llorar, morir.  Como a miles de familias nicaragüenses en esa eterna catástrofe política y social de Nicaragua, el desarraigo del terruño y de los amores familiares golpetearon nuestras sienes sin descanso, la migración ha sido nuestro pulsar, el amor fraternal nuestra fuerza.

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El tiempo de las rosas rojas

Relato de los últimos días de mi mamá, escrito para mis hermanas y hermanos que se encontraban en Chinandega, Honduras, Miami y Bélgica ese mayo de 1990.
Para las angustias, para las tristezas, cuando nieva el tiempo sobre las cabezas y caen ilusiones, ese es el momento de las rosas rojas. (Rubén Darío).

Me estoy mejorando, me dijo con voz ronca.   Fue la última vez que la escuché.  No supe en ese momento que esa voz, dificultosa y gruesa, era mejor que el silencio que le sucedería.  Era un lunes 30 de abril del año en que había ganado las elecciones presidenciales doña Violeta Chamorro y el proyecto revolucionario entraba al principio del fin.  Para mí, su muerte era el fin. 

¿Estaba triste?    Mis sentimientos burbujeaban desde un cuenco interno que tenía la profundidad de la angustia de mi madre en su lucha por sobrevivir.  Por instantes amargos, su soledad.  Sentía brutalmente la irracionalidad de la muerte, de esa muerte, de su muerte.

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